Se podría decir que todo se había
transformado en poco tiempo. En apenas 50 años, el ser humano había
cambiado todo a peor, y aquella explosión fue la que hizo que, todo
lo que solo eran especulaciones, se hicieran realidad. El clima había
cambiado totalmente sin seguir ningún patrón lógico. Todo se había
alterado:
América del Sur era inhabitable desde
aquel día. En Norte América ver unos rayos de luz era todo un lujo
que solo se podían permitir las gentes que habitaban en las Montañas
Rocosas. El resto era todo nieve. Un gran mar blanco cubría la mayor
parte de Estados Unidos y Canadá. Solo había pasado un mes desde la
catástrofe y ya empezaban a escasear los recursos. El vandalismo y
los robos empezaban a ser algo habitual entre los supervivientes.
Solo podía sobrevivir los más fuertes. En algunas ocasiones, los
astutos e intrépidos también lo hacían.
Saltando el océano pacífico, nos
encontramos con Asia, donde se producían continuas lluvias
torrenciales que lo arrasaban todo, sin hacer distinciones de ningún
tipo. Ni las lluvias de los monzones se asemejaba a éste fenómeno.
A esto hay que añadir que, debido al alto grado de contaminación de
las grandes ciudades, el agua que se precipitaba era inconsumible
para los humanos, y demasiado ácida para la vegetación.
La zona menos afectada del mundo era
Oriente Medio. Todo parecía estar en su sitio y las actividades
humanas continuaban con total normalidad. Esto, tratándose de
Oriente Medio, quería decir que, todos los noticiarios del mundo –
o lo que quedaba de él -, abriesen sus informativos con noticias
que trataban temas como las sanguinarias y cruentas masacres que
realizaban, en su mayor parte islamistas, para intentar conseguir la
victoria en una guerra que ya duraba varias décadas. Recordaba
películas del estilo “Gore” más agradables que esas escenas...
Una vez hemos atravesado el Canal de
Suez, nos encontramos en África, para muchos cuna de la especie
humana; a pesar de ello, nadie se acuerda ya de África, por lo que
se desconoce su esta. Imagino que allí, al igual que en Europa, las
mutaciones habrían llegado, por lo que, al menos parte de sus
habitantes estrían infestados del extraño virus que causaba la
mutación. Obviamente, esto supondrá una importante reducción de la
población, y si tenemos en cuenta la falta de recursos y de
tecnología de este continente, posiblemente sea el territorio más
afectado (sin tener en cuenta Sudamérica), pero es probable que esto
nunca se sepa.
Nos dirigimos hacia el Norte y nos
hayamos en la Península Ibérica. Aquí me encuentro yo. Solitario,
en medio de la nada. Solo yo y un enorme desierto cuyo horizonte no
parecía tener fin.
Mi única compañía, dos revólveres y
una macuto.
Hacía varios días que no veía a
nadie. Solo cadáveres. Animales y personas sucumbían al poder del
calor y la deshidratación. El equipaje de los viajeros fallecidos en
ocasiones contenía algo de alimento, lo cual yo aprovechaba. Con
menos frecuencia encontraba agua. De todos modos no la necesitaba. Mi
garganta se había acostumbrado al whisky y la petaca que heredé de
mi padre lo mantenía fresco. Además había ido consiguiendo varias
botellas por el camino, aunque no de muy buena calidad. No importaba.
No puedo ser exigente.
Llevaba varios días caminando en busca
de la capital. Aproximadamente llevaba haciéndolo 12 días. Quizás
13. Era difícil calcular el tiempo, porque todos los días eran
semejantes. Desde hacía por lo menos una semana me seguían en mi
camino una pareja de buitres. En su vuelo dibujaban un a
circunferencia sobre mi cabeza. Estaban esperando mi muerte. No me
preocupaba. Al contrario: en un momento de apuro me podían servir de
alimento. Con dos tiros sería suficiente para derribar a ambos
especímenes. De momento no era necesario hacerlo, dado que disponía
de carne para varios días y algún paquete de galletas Oreo. Aparte
de eso en mi macuto, como ya he dicho, no escaseaba el whisky.
También me gustaba llevar un viejo iPod. Apenas le quedaba la mitad
de la batería. Pero algunas noches era necesario escuchar un poco
del bueno de Jimmy Hendrix acompañado de algún que otro sorbo a la
petaca. Era mucho más fácil conciliar el sueño si se trataba de
All Along the Whatchover, pero por desgracia, los botones encargados
de cambiar de canción, se habían atascado del uso.
A la mañana siguiente, mi día comenzó
temprano. Serían las 6.30. Tenía que avanzar para encontrar la
capital cuanto antes, ya que allí esperaba encontrar alimentos,
bebida y con un poco de suerte humanos sanos, lo que quería decir
que también esperaba que hubiese mujeres. Con ellas quizás podría
llevar a cabo otro de mis vicios. Probablemente el único saludable.
Parecía que ya me estaba acercando.
Aparecían los primeros carteles que indicaban que solo me faltaban
10 kilómetros para llegar a Madrid. También se comenzaban a divisar
en el horizonte los rascacielos que hacía tiempo presidían
imponentes la ciudad.
Seguí avanzando. El día transcurría
con tranquilidad, como cualquier otro. Demasiado tranquilo quizás.
Justo cuando este pensamiento rondaba por mi cabeza, apareció desde
debajo de la tierra un extraño ser: cuerpo globular con un ojo
gigante, más o menos esférico y con unos 10 pedúnculos largos.
Estaba protegido por un material muy duro que actuaba como armadura.
Los pedúnculos, situados en la parte superior de la cabeza, también
tenían ojos. Tenía además una enorme boca con dientes afilados.
Rápidamente desenfundé ambos
revólveres y descargué por completo el cargador. No pareció servir
de nada. Sentí como los buitres descendieron levemente porque sus
sombras aumentaron considerablemente. Sentían que estaba en peligro.
Yo no pensaba así, pero si era cierto que me encontraba en una mala
situación. Los tambores de los revólveres estaban vacíos y un ser
inmune a las balas me hacía frente.
El extraño ser se abalanzó sobre mi.
Por suerte sus movimientos no era muy hábiles, por lo que tuve
tiempo de esquivar el golpe, pero caí sobre la arena. Inmediatamente
cargué con habilidad el tambor -la experiencia me permite hacerlo en
menos de 5 segundos-, y disparé a uno de los buitres, que cayó
precipitadamente sobre la criatura, lo cual la distrajo mientras
devoraba al ave. Esto me concedió un pequeño instante para pensar.
Me sobró tiempo para llegar a la conclusión de que había que
introducir la munición en el interior de la bestia. Para ello solo
había una forma:
Tres disparos -todos ellos certeros- se
dirigieron al ojo principal, lo que le produjo un intenso dolor. Esto
provocó que el ser se moviese bruscamente emitía algo similar a un
chillido por la boca. Instante que aproveché yo para introducir
otros tres proyectiles en su interior por la boca. Esta vez me habían
sobrado 6 balas, pero no debía confiarme, ya que el ser continuaba
agonizando en el suelo.
El jaleo que se había producido por
los gritos del ser y los disparos, habían alertado a la gente de la
ciudad. Esto me daba dos noticias y como suele ocurrir solo una de
ellas es buena. Por una parte mi teoría de que había supervivientes
en la capital se confirmaba. Por otra, los disparos -y quizás que
diese muerte a la criatura-, habían enfurecido a los habitantes de
la ciudad, por lo que me habían acorralado una veintena de hombres,
aproximadamente media docena de mujeres y cinco niños. Todos ellos
armados con hoces y antorchas como si de la edad media se tratase.
Me comentaron que el ser al que había
matado era un contemplador conocido como Ojo del Tirano, el cual se
encargaba de proteger la ciudad de intrusos, lo que había hecho que
la mayoría de los supervivientes se mantuvieran a salvo. O eso, al
menos, hasta que llegué yo, maté al monstruo y ellos me plantaron
cara dejándome en inferioridad numérica. Al estar acorralado solo
me quedaba una opción. No era de mi asesinar a hombres. Mucho menos
a niños y mujeres. Pero era cuestión de vida o muerte. O ellos o
yo.
Antes de que comenzase la batalla se
produjo una breve conversación entre el que parecía el líder y yo.
- ¿Un último deseo?
- Me tomaré la libertad de que sean tres. -saqué el iPod del macuto e hice que el volumen sonase al máximo. Justo después cargué los revólveres-. Adelante -dije-.
No recibí respuesta. Tampoco la
esperaba. Lo único que recibí a cambio fue el ver el terror en los
ojos de mis víctimas. 36 balas y 2 minutos y medio del gran Jimmy a
todo volumen fueron suficientes para llevar a cabo la masacre.
Exterminé a todos menos al jefe.
- ¿Un último deseo antes de morir? -dije-.
- Déjeme vivir, se lo ruego. Le prometo todo tipo de servicios a su disposición. Bebida, comida, mujeres ¡incluso electricidad! -Suplico el jefe-
- Me debe usted un último deseo antes de mi muerte.
Un disparo certero en la frente acabó
con el silencio del desierto y con la vida de aquel sujeto.
- Perdone mi arrogancia. No me he presentado. Mi nombre es Óskar Craven Swam ,y ese disparo era mi último deseo.
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