jueves, 14 de febrero de 2013

Relato del concurso de relatos de mi insti :D


Se podría decir que todo se había transformado en poco tiempo. En apenas 50 años, el ser humano había cambiado todo a peor, y aquella explosión fue la que hizo que, todo lo que solo eran especulaciones, se hicieran realidad. El clima había cambiado totalmente sin seguir ningún patrón lógico. Todo se había alterado:

América del Sur era inhabitable desde aquel día. En Norte América ver unos rayos de luz era todo un lujo que solo se podían permitir las gentes que habitaban en las Montañas Rocosas. El resto era todo nieve. Un gran mar blanco cubría la mayor parte de Estados Unidos y Canadá. Solo había pasado un mes desde la catástrofe y ya empezaban a escasear los recursos. El vandalismo y los robos empezaban a ser algo habitual entre los supervivientes. Solo podía sobrevivir los más fuertes. En algunas ocasiones, los astutos e intrépidos también lo hacían.

Saltando el océano pacífico, nos encontramos con Asia, donde se producían continuas lluvias torrenciales que lo arrasaban todo, sin hacer distinciones de ningún tipo. Ni las lluvias de los monzones se asemejaba a éste fenómeno. A esto hay que añadir que, debido al alto grado de contaminación de las grandes ciudades, el agua que se precipitaba era inconsumible para los humanos, y demasiado ácida para la vegetación.

La zona menos afectada del mundo era Oriente Medio. Todo parecía estar en su sitio y las actividades humanas continuaban con total normalidad. Esto, tratándose de Oriente Medio, quería decir que, todos los noticiarios del mundo – o lo que quedaba de él -, abriesen sus informativos con noticias que trataban temas como las sanguinarias y cruentas masacres que realizaban, en su mayor parte islamistas, para intentar conseguir la victoria en una guerra que ya duraba varias décadas. Recordaba películas del estilo “Gore” más agradables que esas escenas...

Una vez hemos atravesado el Canal de Suez, nos encontramos en África, para muchos cuna de la especie humana; a pesar de ello, nadie se acuerda ya de África, por lo que se desconoce su esta. Imagino que allí, al igual que en Europa, las mutaciones habrían llegado, por lo que, al menos parte de sus habitantes estrían infestados del extraño virus que causaba la mutación. Obviamente, esto supondrá una importante reducción de la población, y si tenemos en cuenta la falta de recursos y de tecnología de este continente, posiblemente sea el territorio más afectado (sin tener en cuenta Sudamérica), pero es probable que esto nunca se sepa.

Nos dirigimos hacia el Norte y nos hayamos en la Península Ibérica. Aquí me encuentro yo. Solitario, en medio de la nada. Solo yo y un enorme desierto cuyo horizonte no parecía tener fin.
Mi única compañía, dos revólveres y una macuto.

Hacía varios días que no veía a nadie. Solo cadáveres. Animales y personas sucumbían al poder del calor y la deshidratación. El equipaje de los viajeros fallecidos en ocasiones contenía algo de alimento, lo cual yo aprovechaba. Con menos frecuencia encontraba agua. De todos modos no la necesitaba. Mi garganta se había acostumbrado al whisky y la petaca que heredé de mi padre lo mantenía fresco. Además había ido consiguiendo varias botellas por el camino, aunque no de muy buena calidad. No importaba. No puedo ser exigente.

Otro de los lujos que me concedo es el de fumar en pipa. Es agradable el olor a tabaco de pipa cuando madrugas diariamente. Era un bien escaso, pero me las ingeniaba para conseguirlo. Quizás mis hábitos no sean los más saludables. No me preocupa. Un día podemos despertarnos y no volver a hacerlos de nuevo. La muerte se esconde detrás de cada esquina. Resulta paradójico, porque en el desierto no hay esquinas, pero ustedes me entienden. Por ello intento disfrutar de los pocos placeres que me sigue ofreciendo la vida, al menos mientras pueda.

Llevaba varios días caminando en busca de la capital. Aproximadamente llevaba haciéndolo 12 días. Quizás 13. Era difícil calcular el tiempo, porque todos los días eran semejantes. Desde hacía por lo menos una semana me seguían en mi camino una pareja de buitres. En su vuelo dibujaban un a circunferencia sobre mi cabeza. Estaban esperando mi muerte. No me preocupaba. Al contrario: en un momento de apuro me podían servir de alimento. Con dos tiros sería suficiente para derribar a ambos especímenes. De momento no era necesario hacerlo, dado que disponía de carne para varios días y algún paquete de galletas Oreo. Aparte de eso en mi macuto, como ya he dicho, no escaseaba el whisky. También me gustaba llevar un viejo iPod. Apenas le quedaba la mitad de la batería. Pero algunas noches era necesario escuchar un poco del bueno de Jimmy Hendrix acompañado de algún que otro sorbo a la petaca. Era mucho más fácil conciliar el sueño si se trataba de All Along the Whatchover, pero por desgracia, los botones encargados de cambiar de canción, se habían atascado del uso.

A la mañana siguiente, mi día comenzó temprano. Serían las 6.30. Tenía que avanzar para encontrar la capital cuanto antes, ya que allí esperaba encontrar alimentos, bebida y con un poco de suerte humanos sanos, lo que quería decir que también esperaba que hubiese mujeres. Con ellas quizás podría llevar a cabo otro de mis vicios. Probablemente el único saludable.

Parecía que ya me estaba acercando. Aparecían los primeros carteles que indicaban que solo me faltaban 10 kilómetros para llegar a Madrid. También se comenzaban a divisar en el horizonte los rascacielos que hacía tiempo presidían imponentes la ciudad.

Seguí avanzando. El día transcurría con tranquilidad, como cualquier otro. Demasiado tranquilo quizás. Justo cuando este pensamiento rondaba por mi cabeza, apareció desde debajo de la tierra un extraño ser: cuerpo globular con un ojo gigante, más o menos esférico y con unos 10 pedúnculos largos. Estaba protegido por un material muy duro que actuaba como armadura. Los pedúnculos, situados en la parte superior de la cabeza, también tenían ojos. Tenía además una enorme boca con dientes afilados.

Rápidamente desenfundé ambos revólveres y descargué por completo el cargador. No pareció servir de nada. Sentí como los buitres descendieron levemente porque sus sombras aumentaron considerablemente. Sentían que estaba en peligro. Yo no pensaba así, pero si era cierto que me encontraba en una mala situación. Los tambores de los revólveres estaban vacíos y un ser inmune a las balas me hacía frente.

El extraño ser se abalanzó sobre mi. Por suerte sus movimientos no era muy hábiles, por lo que tuve tiempo de esquivar el golpe, pero caí sobre la arena. Inmediatamente cargué con habilidad el tambor -la experiencia me permite hacerlo en menos de 5 segundos-, y disparé a uno de los buitres, que cayó precipitadamente sobre la criatura, lo cual la distrajo mientras devoraba al ave. Esto me concedió un pequeño instante para pensar. Me sobró tiempo para llegar a la conclusión de que había que introducir la munición en el interior de la bestia. Para ello solo había una forma:

Tres disparos -todos ellos certeros- se dirigieron al ojo principal, lo que le produjo un intenso dolor. Esto provocó que el ser se moviese bruscamente emitía algo similar a un chillido por la boca. Instante que aproveché yo para introducir otros tres proyectiles en su interior por la boca. Esta vez me habían sobrado 6 balas, pero no debía confiarme, ya que el ser continuaba agonizando en el suelo.

El jaleo que se había producido por los gritos del ser y los disparos, habían alertado a la gente de la ciudad. Esto me daba dos noticias y como suele ocurrir solo una de ellas es buena. Por una parte mi teoría de que había supervivientes en la capital se confirmaba. Por otra, los disparos -y quizás que diese muerte a la criatura-, habían enfurecido a los habitantes de la ciudad, por lo que me habían acorralado una veintena de hombres, aproximadamente media docena de mujeres y cinco niños. Todos ellos armados con hoces y antorchas como si de la edad media se tratase.

Me comentaron que el ser al que había matado era un contemplador conocido como Ojo del Tirano, el cual se encargaba de proteger la ciudad de intrusos, lo que había hecho que la mayoría de los supervivientes se mantuvieran a salvo. O eso, al menos, hasta que llegué yo, maté al monstruo y ellos me plantaron cara dejándome en inferioridad numérica. Al estar acorralado solo me quedaba una opción. No era de mi asesinar a hombres. Mucho menos a niños y mujeres. Pero era cuestión de vida o muerte. O ellos o yo.

Antes de que comenzase la batalla se produjo una breve conversación entre el que parecía el líder y yo.

  • ¿Un último deseo?
  • Me tomaré la libertad de que sean tres. -saqué el iPod del macuto e hice que el volumen sonase al máximo. Justo después cargué los revólveres-. Adelante -dije-.

No recibí respuesta. Tampoco la esperaba. Lo único que recibí a cambio fue el ver el terror en los ojos de mis víctimas. 36 balas y 2 minutos y medio del gran Jimmy a todo volumen fueron suficientes para llevar a cabo la masacre. Exterminé a todos menos al jefe.

  • ¿Un último deseo antes de morir? -dije-.
  • Déjeme vivir, se lo ruego. Le prometo todo tipo de servicios a su disposición. Bebida, comida, mujeres ¡incluso electricidad! -Suplico el jefe-
  • Me debe usted un último deseo antes de mi muerte.

Un disparo certero en la frente acabó con el silencio del desierto y con la vida de aquel sujeto.

  • Perdone mi arrogancia. No me he presentado. Mi nombre es Óskar Craven Swam ,y ese disparo era mi último deseo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario